Cuando emprendes una aventura como esta, tienes que tener claro que algún día malo vas a tener.

Después de la cuarta etapa, el objetivo ya estaba más cerca. Las ganas y la motivación a primera hora estaban en niveles máximos. Nos plantábamos frente al último día y 100 kilómetros nos separaban de nuestro reto. Con la etapa más dura ya superada y después de un buen primer desayuno comenzamos nuestra andadura hacia la meta final.

Los primeros kilómetros de la etapa fueron muy tranquilos con los dos avanzando a un ritmo muy cómodo. Al llegar a Don Benito paramos a hacer el segundo desayuno y como dos hobbits felices imaginábamos ya nuestra entrada en meta.

El reto consistía exactamente en realizar todo el recorrido desde Alpedrete a La Parra en cinco días. Para ser pulcro con el resultado, debía llegar ese mismo día antes de las doce de la noche para cumplir exactamente con el objetivo fijado. La idea primera era hacer la etapa en unas 15 horas para llegar sobre las ocho y media de la noche. El trabajo en equipo funcionaba a la perfección y el “Taka” se ponía andando delante para marcarme el ritmo y cuando se alejaba un poco yo corría para acercarme de nuevo haciendo la famosa goma de los escaladores en las grandes vueltas de ciclismo.

Cuando llevábamos recorrida la distancia de la primera maratón del día, “Taka” empezó a sufrir. El calor, el cambio a correr después de cuatro días de bicicleta y los 40 kilómetros recorridos habían hecho mella en él y las fuerzas le abandonaron. En el siguiente pueblo nos detuvimos para recobrar fuerzas. Un gran helado y un café frío nos bajaron un poco la temperatura. Para “Taka” el avituallamiento no fue suficiente para continuar. Él mismo sabía que si seguía iba a ralentizar mi ritmo y decidimos que continuaría solo.

Por delante tenía todavía un poco más de la mitad de la etapa y debía enfrentarme a un sol de justicia, el asfalto de la carretera y los camiones que pasaban junto a mi con sus conductores tocando la bocina sorprendidos de ver a un loco corriendo por esas carreteras a esas horas.

De nuevo una pausa para la publicidad. Hoy queremos anunciaros que los dorsales para la próxima Backyard Ultra La Parra saldrán a la venta el próximo día 09/11/22 a las 17:00. Os iremos informando de los detalles más adelante. Seguimos con el relato.

“No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”. Durante todo el viaje me había podido olvidar del agua y de mis necesidades porque el “Taka” estaba siempre ahí lo que me permitía correr más relajado y con la mente únicamente puesta en mis sensaciones. Ahora me tocaba correr solo, estar pendiente de encontrar agua, estar pendiente de la ruta, de si tengo para comer o no y de mil cosas más. El desgaste muscular es evidente, pero el desgaste mental va minando también mis fuerzas. Si pensaba que la anterior etapa había sido dura, esta no le iba a la zaga.

Fueron muchos kilómetros corriendo solo pero el aprendizaje del día anterior tiraba de mi hacia delante, siempre hacia delante. Para intentar quitarme cosas de la cabeza, llamé a mi mujer para que me hiciera de soporte. Llegando a Torremejía me encontré con el séptimo de caballería que había venido al rescate. Mi hermana y mujer tomaron las riendas de la situación y me iban esperando en todos los pueblos para proveerme de lo que necesitara. Torremejía, Almendralejo, Aceuchal, Villalba de los Barros…

Una vez que yo estaba completamente asistido, el séptimo de caballería se acercó a por Taka que transitaba penosamente por el pantano del Alanje.

Al llegar a Villalba de los Barros mis amigos del pueblo me estaban esperando para hacer los últimos kilómetros todos juntos haciendo que la última parte del viaje se hiciera más llevadera. No me dejaban llevar el agua, se adaptaban todos al ritmo que yo llevara para hacérmelo más fácil y me acompañaban entre risas y recuerdos.

El Reto

Tras una pequeña subida coronamos por fin el alto desde el que se podía ver, por fin, el pueblo de La Parra. Esa visión aceleró mi corazón y mis zancadas. El grupo que me acompañaba se iba haciendo cada vez más grande y la alegría empezaba a desbordarme. Las primeras lágrimas empezaban a asomar por debajo de mis gafas aunque todavía pude disimularlas.

En época de vendimia, como en la que estábamos, el pueblo cambia sus biorritmos y por las noches descansa conocedor de sus obligaciones matutinas. Ese día, a pesar de ser las once de la noche y de estar en plena época de vendimia, la gente del pueblo, una vez más, salió de sus casas para aplaudir y animar a su corredor mientras atravesaba las calles que tantas veces le habían visto corretear durante su infancia.

Yo aumentaba el ritmo sabiendo que al final del camino estaría mi más grande recompensa, mi mujer y mis hijos. Mis acompañantes de los últimos kilómetros no pudieron aguantar mi tirón final. Los metros finales los recorrí con mi amigo, mucho más después de esos cinco días, y debíamos entrar juntos en la meta. Mi corazón galopaba en mi pecho no tanto por el ritmo sino por la alegría y la emoción que sentía en esos momentos.

Taka y yo en La Meta

Lo que había empezado como un sueño empapado de sudor entre cuatro paredes estaba a punto de convertirse en realidad. Por mi mente pasaban todos los entrenos, todos los sacrificios y madrugones, los dolores, los kilómetros realizados, las penurias y las risas. También me acordaba de todas las personas a las que iba a ayudar con mi pequeño granito de arena, esta locura había servido para algo y mi sufrimiento serviría para paliar, mínimamente soy consciente, su sufrimiento diario.

Finalmente recaudamos cerca de 200 kilos de alimentos no perecederos y unos 500 € que fueron íntegramente donados a la Cruz Roja de la Parra y al banco de alimentos para que los repartiera entre la gente que más lo necesitara.

Al doblar la esquina de la última calle pude ver el arco de meta y la gente que se arremolinaba en la plaza. En la misma línea de meta pude ver a mi familia, la energía que me movió y me mueve cada día, Lucía y los niños.

Si el saco de emociones venía ya cargadito, verles allí esperándome con los brazos abiertos y con una sonrisa plena en la cara, hizo que los diques de contención se vinieran completamente abajo y las emociones tomaron el control o más bien lo perdieron.

La Meta

El abrazo con el que me fundí con Lucía desató las lágrimas que no dejaron de fluir y mezclarse con las de mi mujer durante un buen rato. Durante el rato que duró ese abrazo también podía sentir cuatro pequeños brazos agarrados fuertemente a mis piernas.

Abrazando a mis hijos

En esos momentos comprendí la verdadera motivación del reto que me había planteado meses antes. La respuesta a esa pregunta que tantas veces me había repetido durante el camino sin llegar nunca a averiguarla realmente, se abría ahora claramente delante de mis ojos mientras abrazaba a mi familia, mi motivación, mi vida.

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