El reloj sonó a las 05:00 porque la idea era estar a las 06:00 en marcha para aprovechar las horas menos calurosas del día.

Después de vestirme y mientras frotaba mis piernas con la crema para calentar los músculos en un ritual que repetiría cada día, charlaba con el Taka sobre la etapa. Teníamos 65 kilómetros por delante hasta el pueblo de Calera y Chozas en la provincia de Toledo. Tras el cambio de planes habíamos decidido estar abiertos a cualquier contingencia y sobre todo tratar de disfrutar al máximo el camino, así que ese día lo íbamos a tomar con tranquilidad.

Con el objetivo diario fijado, los mapas repasados, el track en el reloj, la tripa llena y los ánimos al máximo, solo quedaba ponerse en marcha. Después de atarme bien las zapatillas al incorporarme sentí un dolor en la rodilla. Los isquios se habían recuperado, pero ahora era la rodilla izquierda la que se quejaba.

Todos habréis tenido alguna vez esa sensación en la que hay alguna parte de tu cuerpo que te molesta pero que sabes que a medida que vaya entrando en calor esa molestia remitirá. Eso fue lo que pasó. A medida que iba avanzando el día las ganas y la motivación de hacer este reto iban actuando de manera balsámica sobre la rodilla y la molestia comenzó a desaparecer. Otro factor fundamental para la recuperación fue sin duda, la compañía de mi amigo “Taka” que llenó el camino de conversaciones, anécdotas, confesiones y risas que hicieron mucho más llevadera esta segunda etapa.

Planteamos un ritmo muy cómodo para toda la etapa, parábamos donde nos apetecía, tomábamos un café y continuábamos. Si en algún momento, necesitaba algo, agua o una bebida isotónica, “El Taka” se adelantaba al pueblo más cercano, lo compraba y me lo traía de vuelta.

De esa manera, mientras nos contábamos los tres lugares donde nos gustaría correr algún día, alcanzamos el pueblo de Calera y Chozas. Eran las 18:30 y teníamos una misión. Había que encontrar un lugar donde poder comprar una camiseta térmica para el “Taka”. Después de la mala experiencia del primer día había que ser previsor y recorrimos algunos locales hasta que al final, en un chino, encontramos una camiseta térmica que se convirtió en su fiel compañera de viaje. Daba igual que estuviéramos en pleno verano, él siempre tenía frío.

Al llegar al hostal lo primero que pedí fueron un par de bolsas de hielo. Si por las mañanas tenía el ritual de darme la crema para calentar, por las tardes, llenaba la bañera de agua fría, le echaba las dos bolsas de hielo y me metía para tratar de recuperar las piernas del desgaste del día. Me temo que esa sensación también la conocéis muchos, sabes que es lo mejor para recuperarte pero ¡cómo cuesta entrar! Los primeros instantes son los peores hasta que empiezas a acostumbrarte y vas notando como los vasos sanguíneos van eliminando el ácido láctico acumulado por el esfuerzo preparando así las piernas para el día siguiente. Es una de esas sensaciones que no sabes bien si está más cerca del dolor o del placer.

La cena la resolvimos en el mismo hostal porque había que acostarse pronto para volver a madrugar. La crema de frío para las piernas el último check en la lista de obligaciones y una vez realizado y comprobada, una vez más, la hora de la alarma, nos dejamos caer en un sueño reparador mientras las imágenes del día aparecían en nuestras mentes y de manera hipnótica nos llevaban por caminos todavía no recorridos.

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