Alpedrete – Santa Olalla. El día amaneció temprano. Una sensación extraña en la boca del estómago me sacó sin remoloneos de la cama y después de un buen desayuno, me dispuse a terminar de preparar todo lo necesario para el viaje y a volver a repasar, una vez más, el itinerario establecido, los lugares de pernocta, los datos de cada una de las etapas, el equipo que necesitaba llevar conmigo y todos y cada uno de los pequeños detalles que podían hacer que el reto se hiciera un poco más fácil, o menos complicado, según se mire.

A lo largo del día, los nervios iban acrecentándose de manera inversamente proporcional al tamaño de mis uñas. Para quitarnos el calor del día, habíamos decidido que la salida se realizaría a las 20:00 desde la plaza del Ayuntamiento de Alpedrete. El destino era el pequeño pueblo toledano de Santa Olalla a unos 105 km.

Desde la plaza del Ayuntamiento fuimos escoltados por la policía local hasta un punto en el que cogíamos la vía pecuaria que pasa por Galapagar para dirigirse a continuación hacia Navalcarnero y ya paralelos a la autovía que une Madrid con Extremadura, afrontar los kilómetros finales de la etapa con las primeras luces del día.

Durante esta etapa, aprendimos una valiosísima lección que nos ayudó a darnos cuenta de la verdadera dimensión de lo que estábamos haciendo. La preparación del viaje y su planificación son procesos fundamentales en un reto como este, pero lo que no sabíamos era que debíamos estar preparados para adaptarnos sobre la marcha a las condiciones cambiantes que nos iba a ir poniendo el camino. Nuestra intención inicial era la de realizar las etapas por la noche con el objetivo de sufrir lo menos posible los rigores del calor de agosto.

Sin embargo, había algo que no habíamos tenido en cuenta. Debido a la situación especial que estábamos atravesando por la pandemia, prácticamente todas las gasolineras y locales donde teníamos previsto avituallarnos durante las cálidas noches del reto, estaban cerradas a cal y canto y por tanto no podíamos permanecer con el plan establecido.

Una vez que alcanzamos el final de la primera etapa, decidimos cambiar todos los planes y correr durante el día para poder avituallarnos con normalidad. Este cambio de planes nos dejaba todo el día por delante para dormir un poco, descansar bien, comer mejor y dar un pequeño paseo por el pueblo antes de acostarnos pronto, pues tocaba madrugar al día siguiente para avanzar lo máximo posible antes de que los calores del día se hicieran insoportables.

Y como las desgracias nunca vienen solas, tuvimos que hacer frente a otras dos situaciones no previstas con antelación. El esfuerzo que Taka que tenía que realizar yendo en bici era mucho menor al que tenía que realizar yo que iba con un ritmo cardíaco de unas 140 pulsaciones, lo que mantenía mi cuerpo activo y caliente. Esta falta de ritmo de Taka le llevó a sufrir una hipotermia que nos tuvo parados cerca de una hora en la única estación de servicio que encontramos abierta en nuestro camino antes de llegar a Santa Olalla. En aquella gasolinera tuvimos que pedir los pantalones y la chaqueta de la mujer que estaba en el turno de noche y de esa guisa pasó toda la hora sin conseguir entrar en calor a pesar de la ayuda de la trabajadora. Ya con los primeros rayos de sol del día comenzó a sentirse un poco mejor para terminar entrando en la meta de la primera etapa ya completamente recuperado.

Uno de los grandes miedos que tenía a la hora de planificar el reto era que pudiera surgir algún tipo de lesión muscular que nos impidiera avanzar con normalidad. Cuando preparas algo así, eres consciente de que es una situación que se puede dar, sobre todo cuando ya llevara muchos kilómetros acumulados en las piernas y estas empezaran a quejarse, con razón, del excesivo trabajo, así que en ese sentido estaba preparado para sufrir, sabía que en algún momento habría que entrar en la “cueva del dolor” y que habría que ser muy fuerte mentalmente para poder continuar con el desafío.

Lo que nunca esperaba es que, sobre el kilómetro 65 de la primera etapa comenzara ya esa lucha entre mis músculos y mi cabeza, y de nuevo me tocó adaptarme a la situación a pesar de lo sorpresivo de la misma. Mis isquios empezaron a dar problemas y se instaló un pequeño dolor en los mismos que me impedían correr con normalidad pero que sobre todo afectaban a la cabeza. No esperaba que algo así pudiera empezar tan pronto y se desató una lucha interna que duró unos cuantos kilómetros. Finalmente conseguí coger los mandos de mi cabeza, respiré profundamente y me tranquilicé.

Después de varias llamadas a David, mi fisio (Fisioalpe) llegamos a la conclusión de que el calzado elegido no había sido el adecuado ya que estaba usando unas zapatillas de Trail y los caminos por los que transcurría esta primera etapa no eran tan técnicos como para llevar una zapatilla de este estilo. Lo ideal hubiera sido comenzar con una zapatilla mixta.

Por la mañana puse en marcha el dispositivo de emergencia “cambio de zapatillas si no quiero acabar tirado en una cuneta entre Madrid y Extremadura con mis isquios destrozados”. Dicho dispositivo, que comenzó con una llamada a Lucía, mi mujer, acabaría de manera exitosa dos días más tarde con la colaboración de mucha gente desinteresada y ajena a mi locura, lo que una vez más demuestra mi teoría de que la colaboración y la solidaridad pueden mover montañas.

En las siguientes etapas os iré contando con más detalle el dispositivo.

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