Las gotas de sudor seguían el mismo recorrido, de la cabeza resbalaban por las gafas y de allí, siguiendo siempre el mismo surco de mi mejilla acababan precipitándose al vacío para acabar golpeando el mismo punto de la esterilla creando un charco de sudor que iba ganando terreno según iba realizando los distintos ejercicios que me tocaban durante aquella triste tarde de abril.

Mientras realizaba mi entrenamiento diario siempre en el mismo lugar de la casa, mirando hacia el exterior, mi mente recorría libre los caminos que solía hacer semanalmente antes del encierro, aquellos caminos que me habían hecho sentir tan libre se convertían ahora en mi única escapatoria ante aquella situación que atravesábamos. No solo recorría los caminos conocidos, la Dehesa, el Cerro, el camino al camping, la Barranca, Cercedilla o La Peñota, sino que también era capaz de imaginar rutas nunca recorridas pero muy deseadas, Chamonix, el Val D´Arán, o los Dolomitas se convertían en mis vías de escape.

Gran Vía

Con la última serie de Core, mientras imaginaba que afrontaba la bajada hacia Vallorcine en el km. 153 del UTMB, un rápido pensamiento atravesó a la velocidad de la luz mi cabeza. La palabra “Reto” apareció de una forma cristalina en mi mente hasta que la voz de mi hija me sacó de aquel trance: “Papá, termina ya que son las ocho y tenemos que salir a aplaudir al balcón y no te va a dar tiempo”.

Esa misma sensación o pensamiento o revelación se volvió a repetir en los siguientes días de forma recurrente cada vez que hacía mis entrenamientos. Poco a poco aquel pensamiento se fue asentando y tomando forma. Aquella terrible situación que estábamos viviendo, la incertidumbre de lo que iba a pasar, la duda de creer o no en todo lo que nos contaban por los medios y sobre todo la necesidad de creer que seríamos capaces de dejar atrás esa experiencia, necesitaban transformarse en algo real, en algo que mereciera la pena y en algo que me hiciera recuperar la confianza en mi mismo y en la especie humana.

Vueltas a la cabeza

En un principio la idea del reto se convirtió en algo personal, una meta, un destino, un plan personal al que agarrarme para sentir que todas esas horas de encierro tenían un sentido. Había que intentar dar la vuelta a esa situación y convertirla en algo positivo y con un sentido. Esa idea me daba vueltasalacabeza cada día que pasábamos encerrados.

El reto apareció de forma clara en mi cabeza mientras realizaba unas series de 30 sentadillas con salto. Quería unir los dos puntos geográficos más importantes de mi vida, mi pueblo donde nací y donde pasé mis días de infancia y adolescencia y mi lugar de residencia actual donde había creado mi propia familia. Los 425 kilómetros que separaban ambos pueblos eran un reto suficiente y representativo de mi propia vida. Ese camino que había realizado en infinitud de ocasiones en coche, ahora lo quería hacer de la manera que más me gustaba: corriendo.

El reto estaba establecido, ahora necesitaba un plan para llevarlo a cabo. Necesitaba un itinerario, pensar en las etapas, un equipo que me ayudara a realizar el reto y pensar en cada uno de los detalles y de los posibles problemas a los que me iba a enfrentar durante esos días de reto personal.

A medida que iba dando forma al reto una sensación se iba apoderando de mi. Algo dentro de mí me decía que había algo que no estaba haciendo correctamente. Algo que chocaba en mi interior entre la superación personal y el egoísmo.

El reto estaba muy bien, era una gran prueba para mi mismo, una demostración a de lo que era capaz de conseguir si me lo proponía pero le faltaba algo. En aquellos momentos de tanto sufrimiento, el reto no podía ser únicamente una cuestión de superación personal, necesitaba darle otro sentido, necesitaba compartirlo, hacer que llegara a más gente, hacer que pudiera motivar a otros e incluso que sirviera para ayudar a los que más lo necesitaban.

Fue en ese momento cuando el reto pasó de ser un reto personal a ser un reto solidario. Para hacerlo realidad comencé a hablar con los dos ayuntamientos para que pudieran apoyarme en la medida de lo posible, busqué patrocinadores que quisieran aportar algo al reto con la finalidad de conseguir fondos para ayudar a las familias de La Parra que peor lo estaban pasando con motivo de la pandemia.

Además de esto, había que pensar en alguna manera de conseguir mayores fondos para que esta ayuda llegara al mayor número de personas posible. Para ello diseñamos y produjimos camisetas conmemorativas que vendíamos a un precio asequible. Aunque en un principio podía parecer algo arriesgado por la inversión inicial que había que acometer, las camisetas se convirtieron en la fuente de ingresos más importante y conseguimos vender unas 200  camisetas.

Poco a poco las restricciones se iban levantando, ya podíamos ir saliendo y los entrenamientos ya podían ser al exterior. De la misma manera que íbamos dando forma a todo, organizando, preparando y gestionando los miles de detalles que iban apareciendo, había que empezar a darle fuerza a las piernas si quería conseguir el reto. Había que empezar a aumentar las horas de entrenamiento y los kilómetros se iban acumulando en mis piernas.

Todos y cada uno de estos largos entrenos, tres, cuatro, cinco horas al principio para ir subiendo a entrenamientos de ocho, nueve y hasta doce horas, tenían un pensamiento en común cada vez que las fuerzas y las ganas flaqueaban: no es por mí, no es por mí, no es por mí…hay que ayudar a mucha gente y cada paso que doy, cada kilómetro que recorro, cada serie que hago, es un euro, un kilo de comida o una pizca de esperanza para cada una de esas personas que lo están necesitando.

Con esa motivación es fácil conseguir hacer esos entrenos, esa voz interior que me hablaba y que era la portavoz de muchas gargantas que gritaban en silencio y que pedían ayuda para poder dar de comer a sus hijos eran la principal motivación que me llevaban a hacer todos y cada uno de los entrenamientos planificados por mi entrenador Adrián para llegar con garantías de éxito al día de la prueba.

Lo único que me faltaba era conseguir un compañero de viaje que me hiciera el apoyo logístico durante los días que iba a durar el reto. Este apoyo lo encontré en el “Taka”, compañero de aventuras y amigo de hace mucho tiempo que decidió acompañarme en esta locura solidaria. Él iría en bici y se encargaría de llevar logística del reto y de adelantarse a las necesidades que pudiera ir encontrando a lo largo del camino.

La fecha estaba fijada, el entrenamiento realizado, las ganas desbordadas y, por tanto, tenía todo listo para afrontar el reto que yo mismo me había impuesto. El día 29 de agosto de 2020 comenzaba el peregrinaje hasta mi pueblo que os iré contando en varias etapas.

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