Crema echada, desayunado, descargado y preparado comenzábamos la tercera etapa del reto. Se presentaba un día de unos 90 kilómetros por delante en el que además de correr había que estar pendiente del dispositivo “cambio de zapatillas”.

Lucía había quedado con Luis, compañero de trabajo, que a las 06:00 de la mañana fue a buscar las zapatillas a casa. Este compañero, bajó las zapatillas a la estación Sur de autobuses a otro compañero que iba a hacer la ruta que pasaba por Guadalupe. Previamente habíamos hablado con la persona que estaba en el hostal para que se acercara a la estación de autobuses a recoger las zapatillas de tal manera que cuando nosotros llegáramos al terminar la etapa ya estuvieran allí.

El dispositivo fue montado en una noche, con varias personas implicadas, personas que no se conocían entre sí y que tampoco me conocían a mí y a pesar de todas las dificultades, el dispositivo funcionó. Esas pequeñas cosas te enseñan mucho y además te devuelven la fe en el ser humano.

El plan del día era comenzar andando para ir calentando los músculos y una vez que la maquinaria comenzará a coger temperatura, entonces empezar a correr. A mitad de camino nos enteramos de que uno de los pueblos por los que teníamos previsto pasar había sido confinado y por tanto no podíamos seguir ese camino. Aquel impedimento nos hizo variar la ruta pero no nos supuso ningún drama el tener que hacerlo, modificamos la ruta y continuamos nuestro camino con una sonrisa en la cara.

Cuando, después de 90 kilómetros corriendo, atravesando ríos que me llegaban a la cintura, fortaleciendo una relación con mi amigo y disfrutando del camino, llegamos al Hostal, allí estaban preparadas mis nuevas zapatillas con las que afrontaría los dos últimos días de reto.

¡Como nuevas!

En aquellos momentos no pude disimular una gran sonrisa de alegría para mis isquios, pero sobre todo de satisfacción porque las cosas habían salido perfectas. Parecía que nos íbamos familiarizando con eso de adaptarnos a lo que nos íbamos encontrando y ese aprendizaje se convertiría también en una de las grandes enseñanzas de este viaje.

Además de las zapatillas, el chaval del hostal también tenía las dos bolsas de hielo para mi baño diario. Como recompensa a su buen servicio y a su inestimable ayuda con el tema de las zapatillas, después de preguntarle disimuladamente por su número de pie que coincidía con el mío, le dejé las zapatillas de Trail con pocos kilómetros y una nota de agradecimiento.

Fue un día muy especial, ya habíamos superado más de la mitad del viaje y nuestras ganas e ilusión aumentaban con cada piedra, con cada árbol, con cada bache, con cada charco que atravesábamos. La mochila de emociones se iba llenando y había que ordenarlas bien para cupieran todas. Si bien las fuerzas físicas empezaban a faltar, el ánimo cada vez era mayor e insuflaba las energías necesarias a los músculos para seguir recorriendo nuestro camino.

Cena, crema y cama. De nuevo mirando hacia el techo repaso mentalmente los caminos, las personas, las emociones y las vivencias del día, relajo cada grupo muscular empezando por los pies, gemelos, muslos, core, brazos, cuello y me entrego en los brazos de Morfeo con una sonrisa que permanecerá toda la noche hasta que se llene de babas que mojan la almohada, señal inequívoca de que el descanso ha sido óptimo.

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