LOS MOLINOS

CRÓNICA BACKYARD ULTRA LOS MOLINOS CIEN MILLAS Y UNA DES-PEDIDA

La montaña me había vuelto a dar una lección y mientras bajaba Peñalara tratando de asimilar mi derrota dándole vueltas a la cabeza a mis errores, una voz Clara, risueña e incluso podríamos decir que vivaracha, llenó mis oídos trayéndome de vuelta a la realidad.

—¡Vamos ánimo!, ¿estás bien?

—Lo suficiente como para llegar abajo y que alguien me recoja, muchas gracias, —contesté yo lo más amablemente que pude.

Esa pregunta, sin que ninguno de los dos lo supiéramos realmente, dio la salida a la Backyard Ultra Los Molinos 2025.

El viernes por la tarde estaba todo preparado. Los participantes empezaban a recoger sus dorsales y a elegir la ubicación donde pasarían las siguientes horas. Cada uno pensando en cuántas serían.

Los más experimentados desplegaban todo su equipo en el lugar elegido, colchón hinchable, tumbonas, mesas, sillas, tuppers, cajas de zapatillas varias, cajas de geles, complementos alimenticios, neveras portátiles, ropa de cambio, cómodas chanclas y demás parafernalia inverosímil, mientras que los nuevos no salían de su asombro ante semejante despliegue a la vez que buscaban una silla donde poder descansar entre vuelta y vuelta y se ajustaban sus camisetas de algodón de publicidad de algún bar desconocido.

El contraste era evidente, inspirador y enriquecedor porque el único equipo que realmente iban a necesitar todos ellos eran sus piernas y su corazón.

Sobre todo su corazón.

Afanado como me hallaba en repartir los dorsales y en dar toda la información posible a los valientes participantes, fue de nuevo esa misma voz que había interrumpido mis pensamientos hacía escasamente cinco días, la que me volvió a traer a la realidad.

—Vengo a por mi dorsal, —me dijo dulcemente.

Esa voz me resultaba familiar. La conocía, sabía a quién pertenecía, lo sabía claramente.

—¿Tu estuviste el domingo en el MAM?, —le pregunté.

—Sí, respondió ella tan jovial como siempre, —iba de corredora escoba junto con mi hermano que también está hoy aquí.

—Yo también, y me viste sufrir y me preguntaste si iba bien, y te di las gracias por preocuparte por mi.

Ahora seré yo quien me preocupe por ti y quien te pregunte si estás bien, pensé para mis adentros.

En ese mismo instante supe que iba a ser una carrera especial, aunque no era consciente de hasta qué punto.

Mi última carrera como organizador. La última vez que iba a vivir la responsabilidad de intentar hacer sentir a cada corredor que podían contar con nosotros, que estaban en casa, y que nuestra única y verdadera misión era hacer que recordaran esa carrera toda su vida.

La misma misión que siempre hemos tenido en cada una de nuestras carreras. Una misión complicada, sin duda, pero no imposible.

Mi despedida.

Caras conocidas, corredores que repetían, corredores amigos, corredores que ya forman parte de nuestras vidas de la misma manera que nosotros formamos parte de las suyas, anécdotas, recuerdos, sonrisas, abrazos, nervios, un revoltijo de emociones que llenaban el pabellón de un aire de compañerismo que rebotaba en el techo de madera para volver a colarse en las vías respiratorias de cada uno de los allí presentes.

Un aire liviano, cercano y humano, cargado de ilusión, de dudas, de inquietud y de ganas por explorar los límites propios.

Porque una Backyard es una carrera individual que se vive en comunidad desde antes del primer pitido. Y eso es lo que las hace diferentes.

La noche más corta del año permitió a los corredores realizar la primera vuelta sin frontal. Una vuelta para reconocer el terreno, para asimilar el recorrido, para tomar contacto con la tierra, con las piedras, con el barro, con el rio, con el abrasador asfalto y con las señales del camino que cada uno usaría para ajustar su paso en cada vuelta.

Un paso, una cadencia que se repetiría en cada una de las vueltas como un mantra, como un latido acompasado, un compás repetitivo, constante, vivo, que salía directamente bombeado desde el corazón de cada participante.

Después de recuperar las balizas arrancadas por personas que no pueden entender ni aceptar las pasiones de los demás y que probablemente no soporten tampoco la felicidad ajena, la noche fue cayendo suavemente mecida al ritmo de las pisadas de 82 personas y un millón de estrellas.

Y así, como derviches que giran sobre su espina dorsal, comenzaron a dar vueltas y vueltas al son de una pulsión común, de una pasión y de un destino.

La noche, aunque calurosa, invitaba a correr y las vueltas iban cayendo buscando la madrugada y dejando los primeros corredores satisfechos por sus logros que se reflejaban en la sonrisa de cada uno de ellos y en su mirada, brillante, orgullosa y limpia. Ganadores verdaderos, como todos los que se atrevieron a ponerse en la línea de salida de este laboratorio de la vida que son las Backyards.

Una madrugada amenazante, con un sol que empezaba a asomar por detrás de las montañas recortando su silueta y llenando el cielo de un naranja intenso que dejaba claras las intenciones del astro rey. Brillar y calentar.

Mucho.

A las nueve de la mañana sentí la necesidad de unirme al grupo de los que todavía resistían. Era mi última carrera y quería vivirla desde todos sus ángulos.

Y lo disfruté, ¡vaya que si lo disfruté!

Dos vueltas acompañando, viviendo, experimentando la sensación de pertenencia, de saber que hemos creado algo diferente, compartiendo subidas y bajadas, historias, risas, caminos, sombras, sueños, alegrías y vivencias. Emociones que definen a nuestras carreras, que se meten en tu piel para ser transportadas por las venas hasta el corazón y hasta el rincón de nuestras almas donde habitan nuestros anhelos.

Eso es una Backyard. Así, al menos, hemos querido nosotros que fueran las nuestras, y así queremos que se mantengan. Esa es la esencia de vueltasalacabeza, su razón de ser, su espíritu, la verdadera razón que nos ha movido siempre, el motivo por el cual nos esforzamos, dejando nuestras energías y nuestras horas de sueño.

En la segunda vuelta que di, empezó a fraguarse la parte más emocionante de toda la carrera, y probablemente el momento más conmovedor que yo recuerdo haber vivido en todas nuestras carreras.

Para contártelo, debo retroceder a los días previos a la carrera.

El sonido de la notificación de un nuevo mail me saca de mi estado de concentración. Uno de los corredores, que repite participación, nos pide nuestra colaboración para organizar algo que cambiará su vida para siempre.

“Cuenta con nosotros”

No podía ser de otra manera por una simple razón. Porque todo lo que tú me das, es mucho más de lo que yo pido.

Habría que esperar a la vuelta 16. Durante las vueltas anteriores, el secreto iba a ser guardado herméticamente.

El corredor en cuestión, con una sonrisa en cada vuelta, era atendido por su pareja que esperaba pacientemente para, cada cincuenta minutos aproximadamente, ofrecerle todos los cuidados que él necesitaba.

Siempre lo digo, y no me cansaré de hacerlo. Lo que se vive dentro de la carrera cuando los esforzados atletas salen en cada vuelta, está siempre envuelto en un aura mágica. Allí nos quedamos un grupo de personas cuyo único objetivo es cuidar.

Cuidar en su sentido más amplio. No solo en la parte operativa, también en la emocional.

Acompañar: Estar o ir en compañía de otra u otras personas. Y aunque se aplique a cosas, prefiero quedarme con otro significado que aparece en el Diccionario de la lengua española:

Existir junto a otra o simultáneamente con ella.

Existir junto a otra persona.

Y eso era exactamente lo que nuestro protagonista quería hacer desde ese momento, pero no nos adelantemos.

Una fuerte contractura en la espalda amenazó con truncar todos los planes establecidos para esa vuelta 16. Pero teníamos a nuestro propio ángel de la guarda, que siempre aparece cuando más se le necesita, o más bien cuando más le necesitan los corredores. David, nuestro fisio, que cada año ofrece sus manos y su experiencia para tratar músculos doloridos, articulaciones, contracturas, torceduras y penas varias, desplegaba su camilla a las 07:30 de la mañana y varios fueron los que se acercaron para ser friccionados, amasados, frotados, presionados o percusionados.

Nuestro protagonista recuperó perfectamente y pudo continuar persiguiendo su meta, que en esta ocasión nada tenía que ver con la carrera.

Mientras, los corredores seguían acumulando vueltas y grados de temperatura, el principal causante de las bajas en carrera. El calor era sofocante, desgastante. En cada vuelta iban cayendo corredores de seis en seis, víctimas de unas temperaturas abrasadoras, que entraban en el pabellón con una única idea, meterse bajo el agua de las duchas para sacudirse, como un perro mojado, los grados que habían ido acumulando en sus cuerpos.

El simple hecho de subir la famosa cuesta de salida del pabellón, era ya un acto de heroicidad y el sol no se apiadaba ni un solo segundo proyectando toda su rabia contra esos guerreros que seguían saliendo en tropel cada hora.

Esa fue la batalla más cruenta, la más salvaje y la más admirable y cada uno que fue capaz de dar, aunque solamente fuera una vuelta luchando contra esa bola de fuego, podría ser elevado a la categoría de héroe.

Y acabó la vuelta 15.

100 kilómetros.

El plan iba sobre ruedas. Nuestro protagonista tomó la salida, volvió a subir la cuesta hacia el infierno una última vez y cuando estaba completamente libre de miradas indiscretas, se salió del recorrido para empezar su viaje más importante sabiendo que por todo lo que recibió, estar allí merecía la pena.

Cuando faltaban diez minutos para la siguiente salida, empezó el espectáculo. Él, completamente vestido de blanco y con un ramo de rosas rojas en sus manos, descendió por última vez la rampa de llegada mientras sonaba Jarabe de Palo.

Eso que tú me das
Es mucho más de lo que pido
Todo lo que me das
Es lo que ahora necesito

La sonrisa de él y la cara de sorpresa de ella se convirtieron en leyenda, en historia, en un cuento de hadas que formará parte de nosotros para siempre.

Y kira, su acompañante más fiel, la perrita que siempre está con ellos, una vez más en medio de los dos, completamente feliz contagiada por la alegría de sus amos.

Natalia no salía de su asombro, cuando, tras abrazarse a Alejandro pudo ver que éste no venía solo. Toda su familia, que eran cómplices exultantes de lo que allí se estaba viviendo, habían querido acompañar al valiente corredor en la vuelta más importante de su vida. Y allí estaban todos, con un nudo en la garganta, siendo testigos de la pedida más larga y agotadora de la historia.

Fue entonces cuando la emoción se desbordó en mi. Un batiburrillo de emociones, desde la risa nerviosa, las lágrimas honestas y cierto pudor porque me vieran en ese estado, tomaron el control de mi. Hay que ver qué idiotas podemos ser a veces.

Lloré, y no pondré la noche sin dormir como excusa, lloré de felicidad, de emoción, de pura alegría, de ver cómo el amor lo llena todo y todo lo cura (incluso las agujetas).

Todos los días de preparación, toda la energía que habíamos puesto en la organización de esta carrera, los problemas solucionados, los madrugones, las noches sin dormir, las miles de gestiones y los millones de palabras que he ido plasmando cada jueves desde que empezamos con esta Ñusletter, habían merecido la pena, solo por ser testigo directo de un momento tan especial.

Así que gracias, Alejandro y Natalia (y Kira) por dejarnos ser partícipes de este momento, por involucrarnos en una aventura tan especial y por habernos elegido para comenzar una nueva vuelta en vuestra vida. No pude tener una mejor despedida y eso es algo que siempre me acompañará y que siempre formará parte de mi y de la historia de la Backyard Ultra Los Molinos.

Ya era una carrera diferente y vosotros la hicisteis aún más. Gracias.

 

La carrera continuó bajo un sol cada vez más abrasador. El desgaste de los corredores tenia más que ver con su temperatura que con el cansancio muscular. Yo no tenía muy claro si tomar la salida cada vuelta en las horas centrales del día era un acto de valentía o de imprudencia y, aún así, los corredores seguían situándose en la línea de salida una vuelta tras otra lo que provocaba cada vez mi admiración total.

Así fueron cayendo, poco a poco, víctimas del calor, de la deshidratación y de los kilómetros hasta la vuelta 21 en la que tomaron la salida únicamente tres guerreros. Abel, Javi y Alejandro.

A los pocos minutos desde la salida, Abel volvía incapaz de aguantar una vuelta más ese fuego que calentaba hasta el aire que soplaba, recalentando aún más si cabe, los agotados cuerpos de los corredores y quemando las últimas ganas que todavía conservaban.

Solamente quedaban dos. Y así siguieron hasta la vuelta 23, al final de la cual, Javi decidió que no quería seguir más.

Al final, Alejandro, que había venido el mismo viernes desde Almería, hizo su última vuelta solo, sabiendo que era el ganador. 24 horas, 100 millas.

100 millas y una des-pedida.

Y así terminaba mi última Backyard como organizador. Una Backyard que me recordó porqué un día empecé con este proyecto. Una Backyard que me regaló momentos inolvidables y experiencias increíbles.

Han sido muchos, muchísimos kilómetros recorridos, algunos con mis propias piernas y otros muchos con las tuyas y las de otros cientos de corredores que han confiado en nosotros. Kilómetros que, aunque no los haya recorrido personalmente, los he vivido muy de cerca, los he sufrido y disfrutado con cada uno de los corredores a los que hemos tratado de cuidar, de mimar y de transmitir lo que nosotros creemos que son estas carreras.

Seguro que volveremos a vernos, aunque será ya desde el otro lado, y podamos compartir esos kilómetros y esas experiencias, mientras recorremos los caminos que nos lleven a la siguiente vuelta. Puedes contar con ello.

Y de la misma manera que esta ha sido mi última carrera, estas palabras que acabas de leer son también mi última Ñusletter. Otra vez vuelvo a sentir ese batiburrillo de emociones y otra vez las lágrimas acuden a mis ojos y las risas nerviosas a mis labios.

Esta ha sido mi última vuelta con vosotros, la más difícil, la que más me ha costado terminar y probablemente de la que más orgulloso estoy. Ha sido un viaje inolvidable y solo me queda darte las gracias por haberme acompañado en él.

Eso que tú me das
No creo lo tenga merecido
Todo lo que me das
Te estaré siempre agradecido

Marcos

 

Mi camino continúa. Si alguna vez necesitas que ponga palabras a lo que sientes, ya sabes dónde puedes encontrarme (y como soy hombre precavido, te lo recuerdo por si acaso).

www.copychuelas.es

www.fifty50.es

 

Backyard Ultra Los Molinos 2023

Imágenes del recorrido de la Backyard Ultra Los Molinos Ruta de la Piedra. Distancia: 6,70 km Desnivel positivo: 100 m Recorrido en pista: 5 km aproximadamente Recorrido en asfalto: 1,7 km

Track de Garmin

La Peñota al fondo